La primera lección de vida del flamenco en Jerez (versión Stefano)

frame da Clip #53 spettacolo Lagar Parrilla copyHabíamos llegado a Jerez en una tarde de noviembre, bajo la lluvia y el deseo de escuchar flamenco sin tener la menor idea de dónde ir. Teníamos un pequeño paraguas en mal estado, el equipo de rodaje y tuvo que defendernos del agua que recogía en riachuelos y charcos en el empedrado.

De Calle Benavente Bajo debe bajar un poco y girar a la derecha en la Plaza Belén, bordear la explanada triste y abandonada de la Ciudad del Flamenco, y luego ir a la Plaza de San Lucas; y aquí perderse un poco en el laberinto de calles estrechas, hasta llegar a la Plaza del Mercado. Por casualidad o la suerte, alguien (José, del que hablaremos más adelante) nos había informado de un concierto en el Lagá Tío Parrilla, uno de los más conocidos Tablaos de la ciudad y uno de los pocos que tienen un calendario de eventos en esa época del año.

Como cualquier lugar donde venden vino en Jerez, también el Lagá estaba adornado de viejos cuadros colgados en las paredes alternadas con toneles, bidones, botellas, garrafas, herramientas oxidadas y baratijas de todo tipo, en cierta manera delicada, familiar y acogedor. Son lugares en los que celebramos el flamenco pero también, creo, la memoria. Una gran sala con la vieja barra maltratadas por brindises, alguna columna torcida y un lado destinado al tablao para los espectáculos. Arriba, las sillas empajadas inevitables que pronto te acostumbras a ver como adivinatorias, de alguna manera los verdaderos profetas del cuadro flamenco. Alrededor de las paredes de una peña, en un bar, sucias y pegajosas, o en un escenario, iluminado por las luces de los grandes teatros, siempre están allí. Parecerían investidas de una malicia que su extracción no sugiere en un sentido común, no saben que son un símbolo de sus propios, herramientas simples y necesarios asi como vaga retórica. Siempre hay uno o más sillas de paja en Jerez, y a menudo un chal redoblado sobre el respaldo o arrugado sobre el asiento, un par de zapatos de baile acercado en pose bonita en tierra o una bolsa de cosméticos medio abierto con los trucos, olvidada. Este conjunto de señales hasta demasiado vívidos del flamenco, de su paso por allí, tuvo el efecto de languidecernos enormemente.

En el fondo de la sala, Jesús estaba probando falsetas acrobáticas en su guitarra Conde, mientras del minúsculo camarín a los pies del tablao llegaban los sonidos acolchados de palmas de las bailaoras.

Fuimos testigos de nuestro primero espectáculo de flamenco en Jerez, pero ya nos habíamos dado cuenta de que muchas cosas no cuadraban. Un vino tinto frío de la nevera en lugar de un vaso de fino o oloroso (los vinos típicos de Jerez); pocas personas en la audiencia, todos envueltos en felpas y chaquetas de goretex; las mesas asediadas por una amenazadora marmita de potentes cámaras japonesas. El único alivio llegó desde arriba. La lluvia se filtraba desde el techo pródigo de grietas y hendiduras. Repiqueteaba sobre el suelo sin tregua. Un amor de fastidio! Una señal de verdad que fue un contrapunto a la situación que parecía un poco demasiado empaquetada. Una compostura formal que no esperábamos, pero que de alguna manera parecía que habíamos ganado con nuestra arrogancia; con la presunción de querer encontrar en su lugar e inmediatamente algo que tenía que estar allí, dispuesto a esperar para nosotros, como nosotros lo imaginamos, como tuvo que ser. Incluso esta (primera) vez el flamenco y su gente nos dieron una gran lección de vida.

Un cigarrillo de prisa a la puerta y sólo tuvo que tomar el camino de regreso, en silencio. Un cigarrillo a Jesús, el guitarrista formidable, y siempre en la puerta de prisa; Por suerte supe retenerme de las muchas palmaditas en la espalda sazonadas de “Olè” macarrónicos que los turistas prodigaron dejando el local. Más adelante habríamos reído de esto con el y Luis.

Nos fuimos con una sensación de amargura que deja un mar turbio en una playa de los Caribe, nos fuimos sabiendo que estábamos buscando otro. Claro, que habíamos presenciado un concierto maravilloso y con artistas maravillosos, pero estábamos buscando otro. Tuvimos algún número en el bolsillo, algún contacto y alguna sugerencia que Giorgio nos dejó de Italia, antes de partir. Sobre todo el nombre de José y la dirección de Juan. Habríamos seguido decididamente buscando.

Lees también el cuento de Filippo, versión F, de la misma noche al Lagar Parrilla.

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